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Literatura y realidad

Del naufragio que significa la vida no podemos ausentarnos. Ambigua por sí misma, es abismo y salvación. La literatura, una representación de todo aquello que llamamos realidad. Llega desde afuera, pero vive en nuestro interior.


Por Martina Von Wernich

Hablar o morir, y mientras
uno siga hablando
no morirá.
Paul Auster, “La invención de la soledad”.
 
        Es un ritmo constante: palabras procedidas por espacios; sonidos que no logran escapar del silencio. Círculos viciosos. Sucesos, uno tras otro, uno siendo causa, el otro, consecuencia. Instantes de felicidad, fugaces, que culminan, junto con sus circunstancias agotadas, en angustias insoportables. El ritmo que no cesa, el que escapa al tiempo humano; antagonismos que destrozan y complementos que dan vida. El ritmo que nos abandona en el abismo entre el blanco y el negro, las horas vacías de la noche y, siempre, volver a despertar. Sujetos a la contrariedad de lo existente, a lo absurdo de la existencia y a la inexistencia temporal. Atrapados en repeticiones, en redundancias, en la ambigüedad. Pescados fritos en una red vincular, en la que no es posible ser sin el otro. La falta de identidad, un yo que no es para sí, ni por sí, sino por y para los demás. Crisis de personalidad, identificaciones; encajar, adaptarse. ¿Qué somos, además que nuestras circunstancias, que nuestra coyuntura, cuando el alma permanece oculta bajo lo que no se ve? Y, cuando tomamos conciencia del personaje al que representamos, el que nos lleva con correa a pasear por lo irreal, ¿nos sacamos la ropa, nos quitamos la piel?
 
Hacer que un hombre
vea una cosa ante sus ojos,
mientras se le muestra otra distinta.
Paul Auster, “La invención de la soledad”.
 
        Dentro de la literatura, en la narración ficticia, podemos encontrar una copia aparente de los sucesos que conforman la vida de los individuos y de la sociedad, abriendo la posibilidad de poder contrastar la realidad. Es el mundo de lo verosímil, de las apariencias, en el que el narrador actúa como creador de una imitación de la realidad. Esto significa que no importa si los hechos están narrados con absoluta sinceridad, la cual de por sí es imposible de concertar. Más bien se puede decir que representa, con hechos no verificables, e incluso siendo innecesario hacerlo, el mismo ritmo incesante que gobierna nuestra vida. Este ritmo se constituye como forma, en un principio, a partir de esas palabras que son procedidas por espacios, de sonidos que jamás logran escapar de los silencios. Una forma que, a partir de símbolos organizados estéticamente, nos permite generar imágenes en nuestra cabeza a medida que los captamos, nos empapamos de ellos, y los interpretamos como individuos atravesados por cierta cultura en particular. Si dejamos esa forma a un lado, podemos ver, dentro de una obra literaria, otra forma de representación, también rítmica, con la cual nos identificamos como seres conscientes y sociales. Una cantidad de acontecimientos se suceden constantemente, en palabras de Saer:
Semejantes a una escena a la que asistimos en la calle, y su sentido, según el punto de vista que adoptemos para interpretarla, puede variar hasta el infinito. (…) Del mismo modo que para diferentes testigos un incidente callejero, para sus diferentes lectores su sentido puede ser diferente cada vez, lo que sin hacerle perder ni su brillo ni la fascinación que ejerce sobre esos lectores, vuelve la escena opaca, incierta y contradictoria”(Saer, 20: 2015)
        La narración es un fiel espejo de las acciones del hombre; el hombre se mira en este espejo, se reconoce en él. Como dice Susana Ynés González: “la literatura es más que lenguaje, es el espacio de reconocimiento de todas las mutaciones sociales, concatenación singular, de objetos particulares, de atributos, que cifran el mundo”. (Susana Ynés González Sawczuk: 2014) Así, siendo la verosimilitud la característica predominante, dentro de la obra se representa la vida real. Los acontecimientos son ficticios, no se relata algo que ya sucedió, pero, dados los conocimientos que tenemos sobre la realidad objetiva que nos rodea, entendemos que es posible que suceda. Esto hace que, al momento de la lectura, se genere un pacto entre el escritor y el lector. El escritor, como dice Saer en “El concepto de ficción” (2014), señala el carácter doble de la ficción, que mezcla, de un modo inevitable, lo empírico y lo imaginario. (12) El lector, como receptor, sabe de antemano que los hechos no deben ser verificados: no somete al texto a una prueba de verdad. En palabras de Goethe, citado en la misma obra de Saer, el autor pide permiso para tratar el universo a su manera. (12)
 
Yo soy yo y mi circunstancia;
y si no la salvo a ella, no me salvo yo.
Ortega y Gasset, “Meditaciones del quijote”.
 
        ¿Qué somos, además que nuestras circunstancias, que nuestra coyuntura, cuando el alma permanece oculta bajo lo que no se ve? Desde que comenzamos a deambular por la realidad, el entorno se vacía gradualmente en nuestros cuerpos, colmándolos de experiencias, de personajes; nos sumergimos atrapados en una red vincular de la que no es posible escapar. El entorno nos determina, nos moldea, nos hace ser. No podemos escapar de un contexto que sin escrúpulos se mete por nuestras venas, hasta convertirnos en seres adaptados a ese mismo contexto que nos quiere figurar.

        De la misma forma que nos definen como seres psicológicos y sociales, y recurriendo a una premisa obvia, ya que el autor es también un ser psicológico y social, podemos decir que las circunstancias actúan sobre él a la hora de escribir. Las circunstancias comienzan la definición como figura de una persona, atraviesan su psiquis. Las mismas varían, infinitamente, de uno en otro. El narrador, siempre atravesado por una coyuntura diferente -en mayor o menor medida- a la de sus lectores, empapa -consciente o inconscientemente- su obra de ellas. Esta es determinada por las mismas circunstancias que determinan su vida en general. La forma, los hechos, los personajes e incluso la figura del narrador como persona se ven determinados por la coyuntura que se dio en cierta época y lugar específicos. Al momento de interactuar con su obra, a veces siglos después de haber sido escrita, el lector absorbe de alguna manera todas esas eventualidades, haciendo, desde otro punto de la historia, y con el debido e inevitable alejamiento, que esas mismas sean parte de sus propias circunstancias. Además del vínculo dialógico que se establece entre el autor y el lector, al momento de la interpretación de la obra se genera un nuevo diálogo introspectivo entre el lector y su propio yo, que resignifica lo recibido, le da un sentido propio, y lo adopta para sí.
 
Narrar es tomar decisiones.
Ricardo Piglia.
 
        Cuando tomamos conciencia del personaje al que representamos, el que nos lleva con correa a pasear por lo irreal, ¿nos sacamos la ropa, nos quitamos la piel? Se trata de desarmarnos; morir y volver a nacer. Tomando conceptos de la filosofía de Sartre, se trata de hacernos con lo que hicieron de nosotros. El tomar conciencia del personaje al que nos adaptamos, el que fue -y continúa siendo- atravesado por las circunstancias, también significa tomar conciencia del personaje que en realidad queremos ser: el nuevo yo que creamos a partir de las decisiones que tomamos. El hacernos conscientes de lo que hicieron de nosotros, demanda un mayor grado de responsabilidad: la responsabilidad de la vida misma; la libertad de poder elegir. Es cuando podemos decir que, además de nuestras circunstancias, somos nuestras decisiones. Y, sin olvidar todo aquello que no podemos controlar, el fantasma que surge de nuestro inconsciente, deseos, pasiones, obsesiones, miedos, nos convertimos en artistas, en creadores de nuestra propia vida.

        La realidad, el entorno, sigue existiendo a nuestro alrededor. Seguimos formando parte de esa red vincular, siendo, en gran medida, por y para los demás, lo que también significa una enorme responsabilidad. Actuamos como espejos y nos reflejamos en la otredad. Vivimos sumergidos en las profundidades de un mundo sincrónico, plagado de acontecimientos, de realidades objetivas y subjetividades, en el que decidimos cómo queremos ser, qué queremos ser, o por lo menos, lo que no queremos. 

        ¿Dónde comienza un principio, y desde qué punto puede uno empezar a entrever el final? El tiempo corre: firme, sin descanso. Dentro de su infinidad, -dando por hecho que, del tiempo, no conocemos su principio ni su final-, millones de acontecimientos suceden y -se- suceden entre sí, creando un entramado de sincronicidades que jamás se detiene, jamás deja un espacio en blanco. Es un ritmo constante. Un ritmo que se compone de una infinidad de comienzos y finales. El narrador, quien, en su universo de ficción es un creador todopoderoso, tiene la fuerza y la capacidad de decidir: dónde poner un punto de partida, y dónde un punto final. Luego, decide qué hecho se desencadenará a partir del anterior, y ese mismo, de cual otro será causa. Podrían estar sucediendo, en ese mismo universo, como en la vida real, millones de secuencias en el mismo instante. Pero, al igual que en esa realidad, en la que la condición de ser seres finitos nos obliga en cierto modo a decidir, a optar, el mundo del narrador, no como persona en sí, sino también como ese creador todopoderoso que vuelca ideas y signos en un papel en blanco, es igualmente acotado; no es infinito. ¿Entonces, es realmente todopoderoso? ¿Cuáles son sus límites al momento de narrar? El espacio, la memoria, el interés que debe generar en el lector. Se siente presionado dentro de su enorme poder creador: comienza a decidir. El comienzo de la obra es fácil de reconocer, es una figura objetiva frente a los ojos de cualquiera; el final, también. Pero dentro de ese universo, acotado, como hemos dicho, los comienzos y los finales no dejan, jamás, de formar parte de la escena; lo conforman todo. En el espacio entre medio, los acontecimientos les dan su significado, expresan la esencia. Las similitudes con la vida real, en este sentido, son imposibles de negar. El tiempo corre, sin cesar, mientras que el lapso ficticio siempre está del lado del narrador, quien lo utiliza a su conveniencia para convertir la idea en lo concreto. Avanza, retrocede, y avanza un poco más. Las leyes del pasado, del presente y del futuro no existen para ese ser todopoderoso, que viaja de un pretérito al futuro más incierto, con el goce de la comodidad, como si tuviese una máquina del tiempo en sus manos.
 
        Para cerrar con palabras de Halina Vela: “la Literatura y la Realidad parecen constituirse en líneas paralelas, porque si bien es cierto que nada puede interrumpir el ritmo inquebrantable de la vida, que arrasa con todo lo que encuentra a su paso; la Literatura, que nace de ella y con ella, es espejo y reflejo de su universo infinito. Un espejo único, que no se limita a reflejar lo que tiene frente a sí, ya que lo descifra y contiene de tal manera, que al reflejarnos en ella, parece que nos miramos por primera vez.” (Halina Vela: 2014)
 

Bibliografía.

-Saer, Juan José. (2014). "La narración-objeto". La narración-objeto. Buenos Aires: Seix Barral, 20.
-Saer, Juan José. (2014). “El concepto de ficción”. El concepto de ficción. Buenos Aires: Seix Barral, 12.
-González Sawczuk, Susana Ynés. (2014) “Literatura y memoria: espacios de subjetividad”. Santiago, Chile. SciELO. Recuperado de https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0716-58112014000100004
-Vela, Halina. (2014). Literatura y realidad. México. Siempre! Presencia de México. Recuperado de http://www.siempre.mx/2014/02/literatura-y-realidad/

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