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La historia del miedo



Por Iván Zonta

        ¿Alguna vez se preguntaron cómo es posible que una determinada obra literaria o cinematográfica haya generado tanta controversia en las épocas de su lanzamiento? ¿Cómo es posible que los espectadores hayan salido horrorizados del cine luego de ver Nosferatu (1922) o King Kong (1933)? ¿O cómo pueden haberse suicidado tantas personas luego de creerse la inminente invasión extraterrestre relatada por el mítico Orson Welles en radio nacional? Y es que, visto a los ojos del siglo XXI, hay historias que parecen ser completamente ingenuas o, incluso, absurdas si las vemos desde nuestros hogares. Y si bien es completamente cierta la premisa de que “hay que mirarlo con los ojos de la época”, lo cierto es que esto no alcanza para explicar cómo es posible que la gente haya quedado despavorida, luego de ver que un lagarto gigante, por ejemplo, destruya (la maqueta de) la ciudad de Tokio.

        Parece que, para entender este fenómeno, resulta necesario introducir un ingrediente especial a esta fórmula. Un ingrediente vital para entender todo acontecimiento, aun cuando se lo tenga poco en vistas: el factor histórico.

        Empecemos de a poco esta travesía. Ubiquémonos en el siglo XIX, habiendo caído definitivamente el sistema feudal, la ciencia moderna comenzó a tener un auge completamente inesperado. La falacia religiosa como explicación metafísica que sostenga y sustente el origen de las cosas estaba empezando a caer lentamente y, sobre ella, se derrumbaba también toda esperanza de encontrarle un sentido a la vida. Ese sostén que el hombre encontraba en la religión fue desplazándose lenta y progresivamente hacia la esperanza de que la ciencia encuentre las respuestas que la creencia ya no podía garantizar. La ciencia se convirtió, si se quiere pensarlo de esta manera, en el nuevo dios de la sociedad moderna y este nuevo rol que le fue asignado estuvo muy lejos de ser beneficioso para la historia de la humanidad. Más temprano que tarde se empezó a experimentar con la vida y la muerte, con la posibilidad de engendrar de manera “no natural”, con los venenos, con la genética, etc. En simples palabras, podría decirse que la ciencia “empezó a jugar a ser dios”.

        No parece casual entonces, que el día que una poetiza de muy poca fama publicara una novela que contara la trágica historia de un joven medico suizo que dio vida a un monstruo gigante y espantoso a partir de la conjugación de cadáveres, el mundo entero quedaría estupefacto.

        La historia de “Frankenstein o el moderno Prometeo” escrita por Mary Shelley en 1823 fue realmente estremecedora porque en ella se erigía y se visibilizaba un miedo que la sociedad había estado guardando en el calabozo durante siglos: la posibilidad verídica de que algún día la ciencia llegue definitivamente a engendrar vida y que de esto se desate un mal incontrolable para todo el mundo. Mary Shelley no sabía ni estaba interesada en escribir terror, pero un día tuvo una pesadilla espantosa en la cual soñó que un hombre daba vida a un ser tan horrible y espeluznante que aterrorizaba incluso a su propio creador. Decidió escribir esta novela a modo bitácora, es decir, como si el protagonista de la historia (el propio Frankenstein) le contara su vida a un joven marino que lo encontró moribundo y huyendo de su propia creación.

        La historia del joven Prometeo (por cierto, llamada así porque Prometeo fue un titan que ayudó a darle “luz” a los hombres obsequiándoles el fuego robado del Olimpo, según lo cuenta la mitología griega) fue todo un éxito y de ella se inspiraron cientas y cientas de historias que representaban el mismo terror de la sociedad, pero en otros ámbitos. Podrán ubicar ustedes sus propios ejemplos.

        Pero de momento, nosotros no descansaremos aquí, sino que intentaremos ahondar aún más en este propósito de encontrar los motivos del éxito de ciertas historias de terror y por eso será necesario volver a centrarnos en la historia de la cultura general. Y es que para ello tendremos que remitirnos a una figura pública que hoy ya no existe y a un tiempo histórico que nos resulta un tanto oscuro.

        En los viejos tiempos de las monarquías, anteriores a los ya conocidos estados modernos, los reinos estaban divididos políticamente de maneras muy diferente a como se ubican hoy en día. Los reyes gobernaban pequeñas parcelas de tierra, las guerras eran mucho más que recurrentes y, para proteger su reinado, los monarcas debían recurrir a ciertos soldados que organizaran un ejército para luchar en nombre del rey. Cuando estos soldados se retiraban (a muy corta edad) eran correspondidos por la realeza otorgándoles grandes estancias a modo de agradecimiento. De este modo entonces, de la noche a la mañana los soldados pasaban a ser terratenientes y, por ende, hombres muy adinerados.

        Ahora bien ¿A dónde vamos con todo esto? Pues, producto de la guerra y de sus grandes riquezas, una gran cantidad de estos hombres solían volverse locos y extravagantes. Se alejaban de la sociedad promedio y solían recluirse en sus enormes castillos para, muchas veces, morir en ellos sin que nadie se enterase. Comenzaron a surgir entonces muchas teorías y leyendas urbanas relacionadas con estos hombres y poco a poco, la figura del conde fue convirtiéndose, para la sociedad de época, en una figura siniestra y lúgubre de la cual era mejor resguardarse.

        En 1897, el gran escritor irlandés Bram Stoker publica una extraordinaria novela de terror sustentada en la ya reconocidísima leyenda de Drácula, conde de Transilvania (una región de Rumania), según la cual, el joven noble vende su alma al demonio de Nosferatu el mismo día de su condecoración al enterarse del suicidio de su amada a causa de un engaño. Drácula jura vengarse de dios y se entrega por completo al demonio. Luego de vivir más de cuatrocientos años recluido en su castillo de Transilvania, reaparece durante un tiempo en las calles de Londres para comprar una vivienda en la capital del Reino Unido. Allí comienza esta historia.

        Dado que, al contrario de lo que normalmente se piensa, Drácula no es un monstruo que puede convertirse en vampiro, sino que es un demonio que controla a su antojo a los murciélagos, los lobos, las arañas, las ratas e incluso, a las personas poseídas por él, la historia de Bram Stoker fue de verdadera conmoción para la cultura general, puesto que en ella se aunaban toda una serie de inquietudes muy características de la época. No solo por la ya mencionada figura siniestra del conde, sino también, por la manifestación del demonio, el ataque de animales salvajes, la supuesta imposibilidad de detenerlo, el contagio mediante la mordida y la hechicería utilizada para fines malignos. Incluso, si se quiere, podría pensarse que el hecho de que Drácula se alimente de la pureza de las mujeres vírgenes representaba un afronte a la moral victoriana, puesto que, en aquella época, la virginidad era considerada un atributo femenino particularmente destacado.

        En los albores del siglo XX, el cine se encargó en su mayor parte de representar, mediante el séptimo arte las obras clásicas de la literatura. Drácula y Frankenstein no fueron la excepción y podría pensarse que el público conoció un nuevo modo de asustarse ante lo ya conocido. Pero todo cambió a partir de 1945, cuando la humanidad conoció una nueva razón para preocuparse.

        Finalizada la segunda guerra mundial, gran parte de la sociedad se vio fuertemente horrorizada por los peligros de la radiación. La bomba arrojada a Hiroshima el 6 de agosto de 1945 y la bomba de Nagasaki arrojada tres días después despertaron un gran miedo guardado detrás del ropero, sobre lo que la violencia del ser humano podía desatar sobre el mundo entero y por vez primera se barajó la idea de que el fin del mundo podía ser causado por la propia civilización.

        La respuesta por parte del séptimo arte no se hizo esperar y de esta manera, en 1954, se estrenó un film que representaba en la forma más nítida los posibles desastres que la radiación podría generar. Godzilla (1954), el mítico monstruo que aparece en un film bautizado con su mismo nombre, fue el producto de las atrocidades despertadas por la radiación en el mismo país que había sido víctima de las dos bombas nucleares y se convirtió entonces en un icono que nos recuerda que la naturaleza siempre responde y que el “jugar a ser dios” tan característico de la ciencia, puede devenir en una monstruosidad irrefrenable.

        Pero mientras Japón se aterrorizaba con la amenaza de Godzilla, Hollywood tenía sus propias preocupaciones. Y es que la segunda revolución industrial y el estallido no deliberado del capitalismo trajo grandes consecuencias al país de las oportunidades. Las fábricas estaban por todos lados y siempre en funcionamiento, los peones trabajaban entre doce y catorce horas para conseguir un sueldo mínimo y pésimas condiciones de vida. El primer gran cineasta en denunciar este abuso por parte de los capitalistas fue el gran Charles Chaplin mediante una comedia llamada “Tiempos modernos” (1936) donde un trabajador de clase muy baja se vuelve loco a causa de la alienación y es, por ello, despedido de su trabajo. Chaplin hace una gran denuncia al sistema capitalista, pero por hacerlo de una manera simpática y graciosa, no fue tomada en serio por la gran mayoría de los espectadores. Y es que la situación de vida que estaba sufriendo el pueblo estadounidense era realmente alarmante. Los peones morían literalmente en sus puestos de trabajo a causa del estrés y si protestaban eran despedidos o, incluso, encarcelados por el propio gobierno que no los defendía. Todo esto se vio acrecentado luego de la crisis del ´30, donde los pocos peones que lograron mantener sus puestos de empleo debieron trabajar aún más para no ser remplazados. La sociedad estadounidense realmente vivía alienada y no era poco frecuente ver a las personas salir de las fábricas cansadas, agotadas y caminando pesarosas, como si se tratara de muertos que caminan. Probablemente en esa metáfora pensó George Romero cuando publicó su opera prima “La noche de los muertos vivientes” (1968), una clarísima representación de la alienación del ciudadano estadounidense.

        “La noche de los muertos vivientes” fue la primera gran obra donde no había un único monstruo, sino centenares de ellos. La lógica del film se invertía: el terror se presentaba en masa y los protagonistas eran la excepción. La maldición de los zombies (que, dicho sea de paso, nunca se explica de donde proviene para acrecentar aún más el acertijo) aprehendió a la mayor parte de la sociedad y solo unos pocos fueron redimidos de este mal. Ahora entonces, los protagonistas deberán escapar para no convertirse ellos mismos en muertos vivientes.

        Podría decirse que George Romero desbloqueó sin quererlo, un nuevo miedo en la humanidad: el de los apocalipsis zombies. A partir de “La noche de los muertos vivientes” se estrenaron centenares de obras de características similares. Pero ese subgénero rápidamente se vio remplazado por otro acontecimiento histórico de gran calibre.

        El 1969, luego de la llegada del hombre a la luna, las historias de ciencia ficción invadieron la pantalla de todos los cines del mundo. La batalla por conquistar el espacio exterior estaba en boca de todos y rápidamente el arte hizo lo suyo. Entre los grandes directores de cine que intentaron replicar el gran salto de la humanidad, George Lucas destacó por encima de todos tras estrenar “Star Wars” en 1977, una película que recreaba las grandes batallas épicas de la historia, pero utilizando el espacio exterior como escenario y el futuro como acontecer histórico. Luego del estreno de “Star Wars”, el mundo entero se ilusionó con la magia del universo y las ansias por el advenimiento del futuro se acrecentó. Todo esto, claro está, hasta que tan solo dos años después, Ridley Scott publicara su aterradora perspectiva del viaje intergaláctico.

        “Alien: el octavo pasajero” (1979) presentaba un futuro, en cierta medida, similar al de Star Wars en el sentido en que la humanidad había logrado colonizar gran parte del universo y se encontraba explorando nuevas tierras. Todo esto, claro está, hasta que un extraterrestre se cuela a la nave sin que ellos pudieran advertirlo. Solos, en medio del espacio exterior y sin poder escapar de la nave, el alien comienza a atacarlos uno a uno representando una gran amenaza para toda la humanidad, si es que este llegara a tierra.

        La esperanza que la Nasa, junto con Neil Armstrong habían introducido en la humanidad, ahora se convertía, a partir del estreno del octavo pasajero, en una amenaza sin precedentes.
Pero la conquista del espacio exterior no fue la única esperanza que se vio derrumbada por el cine del terror en las últimas décadas del siglo XX. Y es que en simultaneo con todo lo anteriormente contado, estaba surgiendo un nuevo modo de vivir que se contraponía al estilo de vida capitalista ya mencionado y que representaba para muchos una esperanza enorme de que, quizás, la humanidad pudiera encontrar la paz que tanto se anhelaba. Estoy hablando de nada más y nada menos que del movimiento Hippie, que buscaba la tan ambicionada libertad individual mediante la paz, el amor y el arte. El hipismo fue un movimiento especialmente revolucionario en todo el mundo porque traía esperanza y mucha fe en que los jóvenes pudieran representar un cambio necesario para la humanidad luego de las dos guerras más atroces de la historia. El cine no fue ajeno a todo este movimiento y más temprano que tarde, Hollywood se vio repleto de jóvenes actores y directores que representaban el movimiento Hippie en la gran pantalla.

        Pero, en una clara demostración de que la realidad supera a la ficción, toda esta promesa de paz se vio rápidamente frustrada el 8 de agosto de 1969, cuando un grupo de jóvenes autodenominados hippies, siguiendo las ordenes de su líder Charles Manson, irrumpieron en la vivienda de la famosa actriz Sharon Tate para asesinar a su esposo, el aclamado director de cine Roman Polanski. Producto de un error de cálculos y de las consecuencias del azar, Polanski no se encontraba en su casa el día de los hechos, pero los integrantes de la familia Manson, no contentos con su frustrado plan, decidieron asesinar a Sharon y a sus amigos que esa noche había invitado a comer. El hecho fue realmente atroz por su violencia, por su importancia y, sobre todo, porque ocurrió en la misma tierra de oportunidades donde el cine intentaba dar a relucir las bellezas más dulces de la humanidad. Junto con la muerte de Sharon Tate, el sueño de un mundo mejor para todos había terminado.

        No fue necesario mucho tiempo para que el inhumano asesinato de Tate inspirara a Wes Craven para alertar al mundo entero sobre los peligros de la libertad. Así, en 1972, solo tres años después del suceso de Manson, publicó su célebre “La última casa a la izquierda”, una película de bajo presupuesto, pobre en argumentos y de dudosa calidad, que generó un torbellino de emociones en el público que se acercaba a ver la película con curiosidad. La fama de la película no se hizo esperar, puesto que esta hablaba de dos adolescentes hippies que van a un concierto de rock y, por cruel casualidad del destino, se encuentran con un grupo de psicópatas que las engañan para secuestrarlas, violarlas, torturarlas y asesinarlas. La película de Craven fue famosa y múltiples veces renombrada porque en ella se reflejaba el lado oscuro de la libertad y del ser humano. Craven no hizo más que mostrar en la gran pantalla cosas que suceden en la realidad, pero que hasta el momento nadie quería enterarse. La respuesta de la crítica y del público fue completamente heterogénea, pero de lo que no cabe duda es que “La última casa a la izquierda” popularizó un subgénero dentro del terror que tan sólo seis años después terminaría de erigirse con el lanzamiento de “Halloween” (1978) de John Carpenter. La idea de un grupo de adolescentes libertinos que van a una fiesta, campamento, pueblo, o lo que sea, y que son asediados por un psicópata que los va matando uno a uno, condujo a que algo completamente deseable y anhelado, pueda convertirse en el origen de los miedos de muchos adolescentes de la década de los 80 o 90. Y puso por primera vez al género de terror en boca de todo el mundo.

        Así pues, habiendo concluido un pequeño recorrido histórico de las más famosas historias de terror de la última época, podemos dar por finalizado este simple artículo. Por supuesto que no nos podemos ir del todo contentos, ya que han quedado sin mencionar una cantidad enorme de películas, cuentos y novelas excepcionales que no se ajustan a este intento de relacionar la obra con su contexto histórico. Y es que existen ciertas temáticas que nos perturban a los seres humanos independiente de la época. Vale mencionarlas aquí: Las enfermedades mentales (Psicosis [1960], El gato negro [1843], Fragmentado [2016], etc.), las sectas, demonios y los ritos satánicos (El bebé de Rosemary [1968], La pata de mono [1902], Midsommar [2019], etc.), los fantasmas (Poltergeist [1982], Otra vuelta de Tuerca [1898], La monja [2018], etc.), los lugares abandonados y malditos (El resplandor [1977 y 1980], El conjuro [2013], etc.), los animales asesinos (Tiburón [1975], Los crímenes de la calle morgue [1841], King Kong [1933], etc.), los muñecos u objetos que cobran vida (Chucky [1988], El hombre de la Arena [1817], Annabelle [2014]), entre otros tantos miedos que, por así decirlo, son transversales a la historia de la humanidad porque representan un terror profundo asimilable a la propia condición humana.

        Dicho todo esto entonces, se podría arribar a una conclusión que revele un tinte de esperanza para aquellos escépticos que piensen que el terror en tanto género artístico se encuentra acabado porque ya se agotaron las ideas y no hay nada nuevo sobre lo que escribir. A esas personas podría decírseles que nunca se sabe lo que nos deparará el futuro y quizás, solo quizás, lo venidero pueda ser mucho más espeluznante de lo que cualquier mente creativa pueda imaginar.

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