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Zygmunt Bauman: Algunas ideas acerca de la obra “Arte ¿Líquido?” - Primera parte

Este artículo fue motivado por la lectura de un escrito de Zygmunt Bauman sobre el arte moderno que se llama “Arte, ¿Liquido?”, donde junto con otros escritores fueron compilando sus tesis sobre el arte contemporáneo. El mismo lo encontré tan rico en ideas que decidí resumir sus tesis principales, agregarles algunas imágenes que ilustren las cuestiones y añadirle algunos detalles para que sea más fácil de comprender, con el objetivo de compartir con ustedes planteamientos que hacen más interesante al arte de la postmodernidad. Advierto que en este artículo no hay ninguna tesis mía, solo la pluma de este magnífico pensador, Zygmunt Bauman. 


Por Lautaro Romio


Lo que hace el autor de “modernidad líquida” es tomar algunas obras y producciones de ciertos artistas y desarrollar de qué manera en la modernidad se entremezclan las ideas sobre el movimiento y lo estático, lo pasajero y lo duradero, la fragilidad y la solidez.

Empieza comparando los trabajos de Piet Mondrian y Alexander Calder para hablar sobre lo movilidad como símbolo de vida y lo estático haciendo alusión al fin de las cosas o al olvido de ciertos objetos. Plantea que las obras de Mondrian tienen una composición perfecta, una perfección muerta que es completa y para siempre olvidada. Calder el invento el arte cinético, plantea que los movimientos se pueden componer del mismo modo que se componen los colores y las formas. En este caso, la composición nace de la interrupción, provocada por el artista, de la regularidad: la ruptura de la regularidad crea y destruye la obra de arte.


Ilustración -1 - Mondrian, Composition No 10, 1939 - 1942, Neoplasticismo, Pintura abstracta, Oleo-canvas, Colección privada.
Ilustración -2 - Calder, Red and yellow vane, 1934, Arte cinético, Escultura movible.


Ambos estaban fascinados y hechizados por el juego de lo pasajero/duradero. Pero esa misma fascinación suscito proyectos artísticos claramente diferentes. Si Mondrian busco la excelencia absoluta de la composición perfecta en la que las cosas quedan para siempre fijadas. Calder rechazo esta finitud e hizo que, con el movimiento, las cosas exploraran siempre nuevas posibilidades.

Calder buscaba un movimiento espontáneo y elemental, sin ninguna rutina ni regularidad, cambiante de un momento a otro y sin secuencias previsibles, que sorprendiera incesablemente al observador, que no tuviera pauta. Un movimiento que significa algo más que movilidad en el espacio: es un símbolo, o quizás la esencia misma, de la vida. Alexander Calder quería, nada más y nada menos, que dar vida a la materia muerta.

Damien Hirst está, como Calder, fascinado por el misterio de la vida, pero si Calder quería dominar las leyes de la gravedad, Hirst desearía controlar la inevitabilidad de la muerte; y lo hace, ciertamente, no animando la materia muerta sino paralizando la decadencia de la materia viva. Hirst se hizo famoso con su instalación "La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo": un tiburón traído de los mares de Australia metido en una inmensa urna llena de formol. Se trata de la obsesión de conseguir revivir lo muerto o de que lo vivo no muera nunca", en palabras de Hirst. [Esta obra] "también tiene que ver con el miedo ante la fragilidad de lo vivo, y quería hacer una escultura donde lo frágil quedara encajonado…

Ilustración -3 - Damien Hirst, The physical impossibility of death in the mind of someone living, 1991, Arte conceptual, Instalación.
La polaca Jonna Przybyla también se acerca a este misterioso dilema. Del techo de la sala cuelgan un montón de ramas rotas, en putrefacción, desordenadas, pero que aún se mueven, se balancean huyendo de la muerte, como volando en un sueño de vida. Las paredes de la sala, por el contrario, están cubiertas de otro tipo de madera: tableros cuidadosamente cortados, acuchillados y barnizados, barnizados con productos químicos para que no se desintegren nunca, para que duren para siempre.

Ilustración- 4 – Jonna Przybyla, Horizon XII, 1996, wood, steel, 670 × 1370 × 430 cm; Sculpture Centre, New York City.


Bibliografía:

Bauman, Z. (2007). Arte, ¿líquido? Sequitur.